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Real Skier: The Fear

4HandBlog

09/02/2016
Real Skier: El Miedo

Esta es una el primero de una serie de post que escribimos Tomas Coca y Mariajo Rodríguez. La idea partió de mi interés por conocer el punto de vista de otros esquiadores en relación a emociones que vivimos practicando nuestro deporte. Se lo propusé a Tomás porque pienso que tenemos en común que la nieve nos atrae como un imán y que que no somos tipos normales sin otra pretensión que disfrutar de lo que amamos.

A modo de conversación le propuse dedicar nuestra primera experiencia "escritora" al miedo, quería que me contará si la montaña se ponía en su sitio de vez en cuando como hacía conmigo.

Tomás sale a esquiar sólo.

"Era un día de la semana, por varios motivos me pude escapar al monte, pero sin compañía. Elegí hacer algo que debería ser sencillo, pero aun así no conocía la zona a la que me enfrentaba. Era un día de sol radiante ya entrada la primavera, una primavera muy nivosa. La zona de Torrestío dejaba muchas posibilidades y todas estaban nevadas. Me calcé los esquís casi desde el pueblo, y empecé a subir. Es curioso que cuando vas solo, tienes los sentidos a flor de piel y ves y oyes cosas que te hacen estar alerta y con más tensión.

A medio camino ya noté algo extraño. Subiendo por la pista hacia la Farrapona, nunca en todos los años que había pasado por allí había visto tantos aludes. Me acorde que días antes habían caído 50 cm de nieve y luego llovió bastante. Pero hacía tres días de eso y ya había helado durante las noches anteriores. Me tranquilicé, pero el tamaño de los aludes era espectacular para lo que había visto antes. Y su número, por todos lados, cualquier orientación. Seguí subiendo con esa preocupación en la cabeza. Pero a medida que subía más ganas me entraban de hacer unas bajadas con las vistas y la nieve que había.

Llegue al pico e hice una bajada que no me satisfizo. Por lo que decidí subir a una pala ancha, impoluta que había visto en la subida. Me metí  hacia una angostura que era cara noreste, ni rastro de aludes. De camino hacia la pala me asome para ver el paisaje hacia Asturias, mi sorpresa  fue enorme el ver unos aludes que llegaban de pico a carretera, ¡impresionante! Intentaba convencerme: "Pero venga va, ¡que son de hace días!"

Llego al punto de salida, mucho sol, cegador. Casco, máscara, modo esquí y calzo las fijaciones de un golpe. Cuando de repente oigo un ZUMB! Alto, como un trueno seco….

Te aseguro que en ese momento mi corazón se puso a latir a mil por hora, sudaba como si estuviera a 50º y quedé paralizado…mirando a mí alrededor. La máscara se empañó y las piernas me temblaban…pero nada se había movido de su sitio. Me acorde del curso de aludes, y a pesar del ruido decidí hacer una cata (que dio estable) y cortar la ladera por arriba para saber si se vendría abajo.

No pasó nada y el manto estaba compacto, con nieve primavera por encima. En los primeros 50 metros de bajada, con la máscara empañada y las piernas temblando y la ceguera que producía la luz, creo que nunca me había caído tanto. Al final respiré hondo, me tranquilicé y baje el resto disfrutando, mirando hacia atrás las líneas y el sin fin de aludes que había y que desde donde estaba no se veían.

Ese día aprendí mucho (aunque sigo saliendo sólo, de vez en cuando)  si hubiera sido un día de nieve fresca, el alud habría sido de tamaño considerable. Pero analizar la situación, y poner en práctica lo aprendido da seguridad, sin eliminar el respeto y el sentido común que es necesario en este ambiente alpino".

Mariajo tiene problemas con un esquí.

Ahora te contaré yo el día que más miedo he pasado en la montaña, aunque no ha sido el único.

" Simplemente quería calzarme la fijación y salir de allí cuanto antes. Me temblaban las piernas en parte por el frío, pero sobre todo por el miedo. La placa de hielo era muy larga y estrecha, al menos a mi me lo parecía desde esa posición tan inestable. ¿Por qué se había saltado el esquí justo en ese tramo? ¡Caray!

Apenas habíamos comenzado el descenso de aquella cumbre palentina, cuando de pronto sentí la nieve muy venteada y dura. En la cima y durante toda la subida habíamos disfrutado de nieve nueva, recién caída. De esa que suena como un muelle cuando las tablas pasan por encima y suena: ñocñoc. Las vistas eran tan increíbles, merecía la pena todo el esfuerzo.  Decidimos tirar recto, nada de volver sobre nuestros pasos, queríamos emoción y pendiente. Allí estaba esa pala de mil metros de desnivel desde la cara norte. Metimos la directa y nos lanzamos.

Sin embargo ese cambio de calidad en la nieve resultó ser un problema. Ahora estaba con el esquí exterior suelto, agarrado a la pantorrilla por una cinta demasiado larga. Menos mal que llevaba esa correa, no quiero imaginarme sin esquís allí arriba. Pero colocarme la fijación de nuevo resultaba asfixiante, el vacío parecía inmenso, las rocas próximas. No podía equivocarme.

Me tomé mi tiempo, intentaba respirar profundamente, mirar hacia el frente evitando el abismo. Por unos instantes sentí nauseas y zumbar mis oídos. Agarraba tan fuerte los bastones que podía haberlos desintegrado. Miré a mi perra, que se inquietaba porque intuía que algo pasaba. Volvía respirar y me agaché, con un golpe seco clave el esquí y en un gesto único oí que la talonera se había cerrado contra mi bota. Alivio…ahora salir de ahí.

Ese episodio acabó bien. Pasado el mal trago, sorteamos la placa de hielo y llegamos a una cota con nieve estupenda que nos hizo disfrutar de lo lindo del Pico Murcia. Sin embargo para mí había comenzado una nueva forma de ver la montaña, de prepararme para ella. Ese día comprendí lo importante de saber interpretar la nieve, las orientaciones, el testeo de la misma antes de bajar. Ese fue el día en que comprendí lo importante que es llevar el equipo adecuado y correctamente preparado. De hecho fue un punto de inflexión que me llevó a dedicarme a ser skiman o mejor dicho, skiwoman".

 

 

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